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Experiencia de profesores en la enseñanza de la ciencia

Iliana Sahagún Angulo
Profesora de primaria, autora de libros de texto y bióloga
16/02/2017
 

 

 

Desde mis inicios en la docencia y a través de los años, así como en la redacción de contenidos para libros de texto pude percatarme de que todos los niños tienen la curiosidad de saber más sobre los fenómenos que pueden observar a su alrededor. “¡Qué maravilla!”, pensaba entonces, y desde hace tiempo acepté el reto fundamental de recuperar mi curiosidad, buscar respuestas cuando no las sé y relacionar estas experiencias con el currículo oficial para introducir a mis alumnos y lectores en el mundo maravilloso de la ciencia, aprovechando que la curiosidad detona el interés de obtener respuestas.

 

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La ciencia, mucho más que una serie de datos para memorizar

 

La enseñanza de la ciencia parece acotarse a unas cuantas horas de tareas escolares en las que a menudo se dan a conocer datos preparados para su memorización, con el fin posterior de presentar un examen; “pasarlo” es, por supuesto, el único objetivo. Esta tendencia didáctica entorpece la posibilidad de que los alumnos observen un fenómeno y obtengan de él información que se clasifica y se organiza; se pierde la oportunidad de hacer suposiciones sobre lo que sucederá para después comprobar las predicciones en los casos en que es posible, proceso durante el cual los alumnos se enfrentan a situaciones en las que fracasan, prueban, comprueban o desechan, es decir, lo que considero aprender a aprender.

Buscar las condiciones en las que los alumnos puedan generar “teorías” es una aventura enriquecedora. De ellos aprendo el abanico de posibilidades que hay al poner en práctica los cinco sentidos.

Alguna vez, cuando preparaba una clase acerca de la teoría geocéntrica, traté de recordar qué pensaba a la edad de 10 años acerca de la Tierra, el Sol y la Luna, y me di cuenta de que nunca me hice una idea al respecto, pues lo que se hacía era copiar un resumen, ilustrarlo muy bonito, y después memorizar y contestar la evaluación mensual. A partir de entonces, me parece importante conocer qué opinan, piensan, saben, creen e imaginan mis alumnos para vivir el proceso de saber, aprender, conocer y sorprenderse, es decir, lo que la ciencia aporta en un aula: la oportunidad de desarrollar capacidades en las que están en juego los cinco sentidos.

 

La ciencia y las demás asignaturas

 

Generalmente, en el aula tenemos designadas “horas” para la planeación de nuestras clases, y de ello rescato favorablemente la promoción que se le ha dado a la transversalidad. Esto implica una tarea ardua al inicio, pero no imposible; con la práctica y el entrenamiento diarios, podemos lograr resultados asombrosos. Por ejemplo, al trabajar con el currículo oficial es posible elegir alguno de los contenidos de ciencias para relacionarlo con español, matemáticas o historia: no hay límites, la única limitante es la resistencia a modificar esa forma de trabajo que da resultados numéricos “aprobatorios o reprobatorios”.

En el aula ha sido sorpresivo el resultado, pues los alumnos muestran interés y curiosidad. Se usa la tecnología, pero sin olvidar la práctica en la biblioteca y, por supuesto, en “campo”: fuera del aula observamos o realizamos experimentos; generalmente nos divertimos aprendiendo.

 

Dar sentido al mundo que nos rodea

 

Desde pequeños sustituimos con la memorización incansable de datos la costumbre de ver el mundo curiosamente, limitando el proceso que requiere el desarrollo del pensamiento científico. Hoy comprendo que mis profesores quizá no contaron con la posibilidad de rescatar su propia curiosidad y su interés por saber por qué sabían lo que sabían. Esta frase parece un trabalenguas, pero su lectura cuidadosa puede ser reveladora.

Ahora por lo menos puedo compartir mi descubrimiento sobre los muchos datos que aprendía y repetía para ganar el famoso juego de Maratón, que estaba de moda en mi época de estudiante. Antes de saber cuál sería mi vocación, tuve la fortuna de rodearme de gente que me preguntaba con frecuencia el típico porqué, ese cuestionamiento que utilizan los pequeños a los cuatro o cinco años, y que es tan fastidioso para los adultos. Hoy entiendo ese fastidio: puede detonar que te percates de la inminente ignorancia del mundo que te rodea cuando te dices: “Sé mucho, pero no lo puedo explicar”.

Una de las experiencias más gratificantes ha sido la organización, junto con los alumnos de toda la primaria, de un “club ecológico” en el que ellos mismos fueron los coordinadores. Elegíamos temas y contenidos para periódicos murales, exposiciones orales, talleres y mesas de debate: la transversalidad con otras asignaturas siempre estaba presente.

En este proyecto entrelazamos la teoría y la práctica, los conocimientos y la indagación, y el resultado, para el agrado de todos los docentes, fue que muchos de los alumnos que participaron descubrieron su vocación científica, y hoy son egresados de biología, medicina y zootecnia, entre otras carreras científicas. La mayoría eligió la docencia y la divulgación científica, además de la investigación activa.

Entendimos como equipo docente que varios procesos de la ciencia les permiten a los alumnos poner en juego y desarrollar las capacidades de investigar, formular preguntas, proponer explicaciones, debatir y argumentar.

 

Capacitación docente: no es una imposición, es una necesidad y una responsabilidad

 

En mi experiencia, el paso más importante ha sido reconocer que no todo lo sé, que aún tengo mucho por aprender y que mi vocación por sí sola no es suficiente, y por ello ha sido de suma importancia participar en los consejos técnicos y en los talleres de actualización, para tener la posibilidad de integrar, actualizar o modificar las estrategias y dinámicas en la planeación de las clases a lo largo del curso escolar. Tengo la responsabilidad de actualizarme permanentemente y compartir con mis pares las dudas o los descubrimientos además de las experiencias fallidas y exitosas aprovechando todas las oportunidades que tengo para convivir con ellos.

 

Cuando les confío a mis alumnos que tengo tarea o que voy a presentar un examen, se entusiasman y plantean preguntas como: “¿Te pones nerviosa?”, “¿A poco los profesores hacen tarea o estudian?”, “¿Qué no lo sabes todo?”, o “¿No estás aburrida de estudiar?”, y gracias a estas preguntas descubrí que me gusta ser alumna todo el tiempo para dar sentido a mi interés de “saber por qué sé lo que sé”; así mantengo la mente preparada para seguir en el camino de la docencia y del desarrollo de contenidos para los libros de texto que llegan a las manos de las mentes brillantes que cursan la educación básica de mi país. 

 

IlianaSahagun

 Iliana Sahagún Angulo 

Bióloga egresada de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco, docente y escritora por herencia y vocación. El Instituto Luis Vives en 1997 le abrió las puertas en sus inicios como docente de los niveles de preescolar y primaria, encontrando ahí la increíble experiencia de aprender y transmitir conocimientos. Posteriormente impartió talleres a docentes de cómo utilizar los libros dentro del aula, esta actividad le abrió las puertas en 1999 para escribir libros de texto de Ciencias Naturales para primaria. Desde que conoció el mundo editorial ha tenido la oportunidad de colaborar como autora, revisora técnica, asistente editorial, lectora y de aprender del excitante oficio de la edición de textos en distintas casas editoriales del sector privado y en la Secretaría de Educación Pública. Actualmente cursa talleres de actualización en el CAMDF y colabora con diversos equipos editoriales en el desarrollo de series para preescolar y primaria.

 
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