Hacia un concepto de calidad

Este artículo es parte de una continua y profunda reflexión que la doctora Teresa Bracho, consejera presidenta del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, ha cultivado desde hace lustros. El cuidado orden de su exposición y la claridad de sus ideas son el mejor vehículo para pensar con seriedad un concepto clave en el quehacer educativo: la calidad.

Teresa Bracho González

Consejera presidenta de la Junta de Gobierno del INEE

Introducción

El Seminario Internacional Estrategias para Impulsar la Calidad de la Educación surgió de mi inquietud, académica y profesional, por determinar con la mayor claridad posible el contenido del concepto calidad en el ámbito educativo. Este esfuerzo ha contado con la participación de ministerios e institutos de evaluación de la educación de Latinoamérica, así como de organizaciones y expertos internacionales en el tema.

Además, cuento con un equipo de trabajo dentro del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) que se ha enfocado en la definición teórica del concepto de la calidad en la educación, la identificación de sus componentes o dimensiones, así como en la construcción de los indicadores adecuados para monitorearla, al mismo tiempo que propone aplicaciones prácticas de indicadores construidos con los datos e información disponibles en el Instituto.

El concepto de calidad suele ser empleado en el campo educativo de manera espontánea y muchas veces acrítica, lo que crea confusión respecto a su contenido. Además, se trata de un concepto complejo —es decir, que reúne diversos significados y capas de interpretación—, y las diferentes versiones que de él se han dado no siempre son compatibles entre sí. En suma: en la mayor parte de los casos en que se menciona la calidad en la educación se hace de manera ambigua e imprecisa, y a menudo desfasada del contexto en el que se emplea.

Cabe recordar que la definición de la calidad en el ámbito educativo es un tema que no sólo representa un problema teórico, sino que rebasa con mucho el ámbito estrictamente académico. Y tiene influencia en asuntos relativos a la toma de decisiones políticas y de gestión del sistema educativo y las escuelas, así como un alto impacto en los espacios escolares, en donde tienen lugar la enseñanza y el aprendizaje.

Como veremos más adelante, la modificación constitucional del año 2013 deposita el peso de la Reforma Educativa precisamente en el concepto de “calidad a partir del principio de mejora continua”, que da sentido a las transformaciones e innovaciones implementadas desde entonces —entre ellas, la autonomía del propio Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación—.

En este contexto, una prioridad inaplazable es definir con la mayor precisión posible a qué nos referimos cuando hablamos de calidad en la educación, en el entendido de que esta definición permitirá precisar los objetivos a alcanzar, con el fin de hacer realidad la garantía del derecho a una educación de calidad para todos a partir de la mejora constante.

Este ejercicio no es poca cosa, por lo que vale la pena aproximarnos paso a paso a un concepto de calidad capaz de orientar nuestra actividad, en el sentido en que mandata el texto constitucional. Así, más que pretender dar una respuesta acabada al problema de cómo definir y medir la calidad educativa, nuestro trabajo se ha centrado en aportar elementos para que el debate sobre el tema permita llegar a acuerdos básicos acerca de cómo concebir y monitorear los avances o retrocesos en la materia.

A diferencia de lo que ocurre con otro tipo de indicadores, como los económicos (en los que se ha llegado a un punto en el que se comparten conceptos y metodologías, por ejemplo, en el caso del producto interno bruto), en el caso de la calidad de la educación no hay dos países que empleen el mismo indicador o se adscriban a la misma definición.

Esta circunstancia deriva de la naturaleza misma del objeto estudiado, ya que la calidad tiene un carácter relativo, es decir, se tiene o no en relación con cierto estándar normativo; axiológico, de manera que contempla el sentido y coherencia que los valores dan a las acciones de mejora; subjetivo, su concreción depende de elecciones individuales (o de instituciones manejadas por individuos) en momentos específicos; y contextual, porque su definición está indisolublemente asociada al entorno.

A pesar del consenso generalizado a escala internacional sobre la necesidad de impulsar una educación de calidad, cada quien la concibe de forma distinta. Por eso, la manera de llegar a una solución en este caso no es a partir de la reflexión individual, por profunda que sea, sino del acuerdo colectivo que permita la comprensión general y el proceder organizado de los actores involucrados en el fenómeno educativo.

Así, “cualquier acción de política educativa que pretenda mejorar la calidad de la educación debe empezar por definir explícitamente el concepto de calidad que se adopta, para establecer los objetivos que se pretenden alcanzar, con el fin de poder hablar de su mejoramiento” (Bracho, 2009: 47-50).

Enfoques sobre la calidad de la educación

Para pensar cómo aproximarse a la definición y medición de un concepto complejo, tomemos el ejemplo de la noción de pobreza. En 1990 el Banco Mundial definió el umbral de pobreza en un dólar al día, estableciendo un estándar normativo que rápidamente hubo que ajustar, entre otras razones, porque fija un piso mínimo insuficiente. La enseñanza de esto es que, aun sabiendo que la pobreza es una realidad intrincada, relativa, multifactorial y multidimensional, su medición parte de una noción simple y concreta que determinó un punto de referencia para orientar las acciones de su combate y sirvió como base para complementar su definición y valoración. Hoy en día tenemos una mucho mejor comprensión y medición de este concepto, que ha avanzado de manera importante.

En un célebre trabajo sobre equidad social, Amartya Sen (1980) observa que no se debe hablar de igualdad en abstracto y que, al abordar el tema, debe aclararse a qué tipo de igualdad nos estamos refiriendo. Primero habría que responder dos preguntas: ¿igualdad respecto a qué? e ¿igualdad para qué?, con el fin de plantear después cuál habría de ser el criterio normativo. Análogamente, no lleva a ningún lado acercarse en abstracto a la calidad educativa en un país sin establecer claramente su definición.

Este esquema resulta valioso siempre y cuando se tengan identificados los campos o enfoques a los que corresponden las características observadas en el objeto de análisis, por lo que a continuación se describe el paradigma de calidad de la educación empleado en México, para luego presentar los enfoques desde los cuales ésta puede ser analizada.

En nuestro país, el “paradigma multidimensional de administración de la educación”, propuesto por Sander (1996), ha tenido una fuerte influencia en la concepción de calidad y es sin duda un referente en las definiciones oficiales que estipula la legislación. Este modelo incluye cuatro dimensiones: la económica (eficiencia), la pedagógica (eficacia), la política (efectividad) y la cultural (relevancia). Sin embargo, como señaló Carlos Muñoz Izquierdo: “Es importante aclarar que ese paradigma no fue diseñado con la finalidad de ser aplicado directamente a la educación en sí, sino a la administración de los sistemas escolares” (Muñoz, 2009: 24).

Por eso, más que una definición de calidad de la educación, lo que incluyen las definiciones legales vigentes —incluso la del INEE— son afirmaciones sobre algunos aspectos que pueden influir en la calidad educativa; en particular, respecto de la administración del sistema (eficiencia y eficacia), la calidad del currículo (pertinencia y relevancia) y la forma como se distribuyen los recursos destinados a la educación (suficiencia y equidad).

Aunque sin duda tales aspectos son necesarios en un análisis de la calidad educativa, varios autores proponen un conjunto de dimensiones más extenso, cuya amplitud permite una definición más matizada y completa.

A partir de una extensa revisión de la literatura especializada y de los trabajos de investigación disponibles acerca del tema, es posible establecer las macrodimensiones, en las que se pueden agrupar los diversos aspectos y temáticas enfatizados por distintos enfoques sobre la calidad de la educación:

  1. Enfoque filosófico. Incluye los debates sobre la pertinencia, la relevancia y los fines de la educación que se imparte en un país. Pone el énfasis en discusiones axiológicas y pedagógicas. Explicitar los valores últimos a los que se orienta la educación no es un asunto trivial.
  2. Enfoque administrativo. Busca evaluar la calidad mediante el análisis de la forma en que se administran los recursos destinados a la educación, tanto en términos económicos (análisis de eficiencia) como pedagógicos (estudios de eficacia escolar). Pone su atención en la forma como los centros educativos emplean los recursos humanos y materiales para que sus alumnos alcancen aprendizajes significativos.
  3. Enfoque de derechos. Busca establecer si el Estado cumple con las obligaciones estipuladas en la legislación nacional y en los tratados internacionales en la materia, para garantizar a toda la población el derecho a la educación de calidad.

 

Principios básicos de la calidad educativa

A pesar de la diversidad de definiciones académicas y legales sobre el tema de la calidad educativa, existen en torno a él algunos acuerdos básicos. Tales principios están incluidos en la legislación mexicana y establecen un piso básico para evaluar los avances en materia de calidad y equidad educativa.

  1. Principio de universalidad. Todas las personas deben tener acceso a la escuela y permanecer en ella hasta concluir su educación obligatoria.
  2. Principio de equidad. No deben existir entre las personas diferencias en el acceso, permanencia o logro educativo en función de su género, grupo étnico, adscripción cultural, nivel socioeconómico, nacionalidad o cualquier otro motivo.
  3. Principio de logro. Las personas deben desarrollar las mismas competencias (o equivalentes), en los mismos niveles y en cada punto del sistema educativo, cualesquiera que sean los contenidos, conocimientos y valores que un sistema nacional se proponga enseñar.
  4. Principio de suficiencia y calidad de la oferta. Para que los principios anteriores se cumplan, el Estado tiene la obligación de generar una oferta educativa con suficientes recursos humanos capacitados y con las condiciones materiales adecuadas a tal fin.

 

En medio de tantas perspectivas conceptuales, estos cuatro principios nos aportan una primera definición operativa, desde la cual nos es posible orientar la acción y la evaluación, y nos habrá de permitir identificar hasta qué punto el Estado cumple con garantizar el derecho humano a la educación.

La calidad de la educación en la Constitución

El enfoque de derechos cuenta en México con mejores elementos para construir una definición funcional de calidad educativa, toda vez que nuestra legislación establece disposiciones claras sobre qué se entiende por derecho a la educación de calidad. A partir de ahí, es posible elaborar un sistema de indicadores con el fin de verificar el cumplimiento de los objetivos y metas que establece la normatividad vigente.

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (CEPEUM) define con claridad las características esenciales que debe tener la educación en el país. Puesto que se trata del instrumento jurídico de mayor jerarquía en México, cuyas disposiciones son de acatamiento obligatorio, lo dispuesto en él constituye el fundamento de lo que debe contener una definición de educación de calidad que sea operativa para el Estado y permita orientar su actuación.

Si se lee con atención el artículo tercero, se comprobará que los principios expuestos en el apartado anterior están integrados de manera clara y consistente en nuestra Carta Magna. En efecto, resultan fácilmente identificables los principios educativos de:

  1. Universalidad o acceso universal: “Toda persona tiene derecho a recibir educación. […] La educación preescolar, primaria y secundaria conforman la educación básica; ésta y la media superior serán obligatorias” (párrafo primero).
  2. Equidad: “Contribuirá a la mejor convivencia humana, […] evitando los privilegios de razas, de religión, de grupos, de sexos o de individuos” (fracción II, inciso c)
  3. Logro (aprendizaje efectivo): “Será de calidad [y buscará] el máximo logro académico de los educandos” (fracción ii, inciso d).
  4. Suficiencia y calidad de la oferta: “El Estado garantizará la calidad en la educación obligatoria de manera que los materiales y métodos educativos, la organización escolar, la infraestructura educativa y la idoneidad de los docentes y los directivos garanticen el máximo logro de aprendizaje de los educandos” (párrafo tercero).

 

El texto constitucional añade a los anteriores un quinto principio fundamental, que desde mi punto de vista significa un paso adelante en la concepción de la calidad educativa , debido a que impone una base para cualquier característica que se le dé a la calidad:

5. Principio de mejora constante: “Será de calidad, con base en el mejoramiento constante” (fracción II, inciso d).

Acaso pueda parecer trivial la adición de este par de palabras —“mejoramiento constante”—, pero dista mucho de serlo. Esta característica hace de la calidad un expediente abierto (que, en consecuencia, precisa de una definición abierta), en constante proceso de renovación y crecimiento. Obliga al Estado a garantizar una educación progresivamente extensa y profunda, cuyos logros y metas consisten en superarse a sí misma, más que en alcanzar estándares normativos prestablecidos en cualquiera de los aspectos que la constituyen. Dicho de otro modo: una educación de calidad que se adapte y arraigue en su propio tiempo histórico e impulse la mejora de todos los ciudadanos.

Reflexiones finales

Según lo expuesto, la Constitución establece que, para que la educación pueda ser considerada de calidad, debe mejorar constantemente; no sólo en cuanto a los conocimientos que imparte, sino también en cada uno de los principios que la caracterizan. En consecuencia, una educación de calidad supone el mejoramiento constante en el acceso, el logro, la oferta educativa y la equidad. Puede afirmarse, entonces, que el principio de mejora constante es el fundamento rector de la calidad de la educación en México.

El Seminario Internacional Estrategias para Impulsar la Calidad de la Educación ha sido un excelente punto de partida para dar claridad al concepto. Nos ha permitido un rico intercambio entre países de Latinoamérica; a través de él hemos descubierto puntos en común y buenas prácticas que pueden ser replicadas o adaptadas. Este espacio ha servido también para abrir la participación de los expertos internacionales con entrevistas y artículos en esta Gaceta.

Decíamos al principio que la calidad es la piedra de toque sobre la cual se levanta la reciente Reforma Educativa en nuestro país. Ahora podemos ver con un poco de mayor claridad por qué: el enfoque de derechos adoptado por México deposita en ella —con la seriedad jurídica que esto implica, pues se trata de una obligación irrenunciable e intransferible del Estado— su incesante búsqueda de democracia, equidad y conocimiento o, si se prefiere, su proyecto de nación.

Referencias

Bracho, Teresa (2009). Innovación en la política educativa. Ciudad de México: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.

Muñoz Izquierdo, Carlos (2009). ¿Cómo puede la educación contribuir a la movilidad social?: resultados de cuatro décadas de investigación sobre la calidad y los efectos socioeconómicos de la educación (1968–2008). Ciudad de México: Universidad Iberoamericana.

Sander, Benno (1996). Gestión educativa en América Latina: construcción y reconstrucción del conocimiento. Buenos Aires: Troquel.

Sen, Amartya (1980). “Equality of What?”. En S. McMurrin (ed.), Tanner Lectures on Human Values, 195-220. Cambridge: Cambridge University Press.

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